Crónicas del Olimpo

Inframundo

Perséfone: la reina que vuelve con la primavera

Un grano de granada y dos reinos

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Ilustración cinematográfica en luz de ocaso: Perséfone sostiene una granada abierta en el umbral entre un prado dorado y la penumbra del inframundo, con columnas griegas a contraluz.

La escena empieza con flores. Un prado amplio, luz suave, un grupo de muchachas que juntan rosas, azafranes, violetas, lirios y jacintos. Una de ellas, la hija de Deméter, se aparta porque vio algo extraordinario: un narciso de cien cabezas, con un perfume tan intenso que el cielo, la tierra y el mar se ríen al sentirlo. Estira las dos manos para arrancarlo. En ese instante la tierra se abre y sale un carro de oro tirado por caballos inmortales. Lo conduce Hades, el señor de los muertos. Se la lleva gritando, y casi nadie la oye.

Un narciso puesto como trampa

Así abre el Himno homérico a Deméter, un poema de unos quinientos versos compuesto probablemente entre los siglos VII y VI a. C. Es el relato más antiguo y completo del mito, y tiene un detalle que pesa: el narciso no creció solo. Lo hizo brotar la Tierra, por voluntad de Zeus, para complacer a Hades. El padre de la muchacha la había entregado sin consultar a la madre. Hesíodo, en la Teogonía, lo resume con la misma frialdad: Aidoneo la arrebató y se la dio el prudente Zeus.

El himno la llama sobre todo Core, “la muchacha”, y también Perséfone, un nombre de origen oscuro que inquietaba a los propios griegos: Platón, en el Crátilo, comenta que mucha gente le tenía miedo. Del grito solo se enteran dos testigos: Hécate, desde su cueva, y Helios, el Sol, que lo ve todo desde su carro.

¿Dónde ocurrió? El himno habla de la llanura de Nisa, un lugar que nadie supo ubicar con certeza. La tradición posterior trasladó la escena: Ovidio la sitúa junto al lago Pergo, cerca de Enna, en el corazón de Sicilia, y otras ciudades reclamaron también el honor de haber visto abrirse la tierra.

Nueve días con antorchas

Deméter oye el último eco y sale a buscarla. Durante nueve días recorre la tierra con antorchas encendidas en las manos, sin probar ambrosía ni néctar, sin bañarse. Al décimo, Hécate la acompaña hasta Helios, que le cuenta la verdad y hasta intenta consolarla: Hades no es un mal yerno, es hermano de Zeus y señor de un tercio del mundo.

Deméter no se consuela. Abandona el Olimpo y baja a vivir entre los hombres disfrazada de anciana. En Eleusis se sienta junto a un pozo; las hijas del rey Céleo la llevan al palacio, donde permanece callada, con el velo puesto, hasta que una sirvienta, Yambe, la hace reír con sus bromas. Rechaza el vino y pide una bebida de harina de cebada, agua y poleo, el kykeón, que después tomarían los iniciados. La reina Metanira le confía a su hijo pequeño, Demofonte, y la diosa intenta volverlo inmortal: lo unge con ambrosía y de noche lo esconde en el fuego como a una tea. Una noche Metanira la espía y grita. Deméter, furiosa, deja al niño en el suelo, se revela en todo su esplendor y exige que le levanten un templo.

Después viene lo más terrible del himno. Desde ese templo, Deméter hace que la tierra no dé semillas. Los bueyes arrastran el arado en vano, la humanidad está por morir de hambre y los dioses se quedan sin ofrendas. Zeus manda a Iris, después a todos los olímpicos, uno por uno. Nada. Finalmente envía a Hermes al reino de los muertos.

El grano rojo

Hades acepta devolverla, pero antes, a escondidas, le da a comer un grano de granada, dulce como la miel. Quien prueba el alimento de los muertos queda atado a ellos. El reencuentro tiene una ternura rara en la poesía griega: Deméter, al ver a su hija, se lanza hacia ella como una ménade por un monte boscoso. Pero enseguida pregunta, inquieta, si comió algo allá abajo. Perséfone lo admite y agrega que Hades la obligó.

El acuerdo final reparte el año: un tercio bajo tierra, con su esposo, y dos tercios arriba, con su madre y los demás dioses. Cuando ella sube, la tierra florece.

Aquí las fuentes se separan, y vale la pena mirarlas lado a lado. En el himno hay un solo grano y un tercio del año. Apolodoro también habla de un grano y de un tercio, y agrega un testigo, Ascálafo, que la vio comer y al que Deméter castigó aplastándolo bajo una roca en el Hades. Ovidio, en el libro quinto de las Metamorfosis, cuenta siete granos, convierte a Ascálafo en búho y parte el año en dos mitades iguales. Los manuales modernos suelen fundir todo en una sola versión; los antiguos no lo hacían.

La lectura más conocida ve en el mito una explicación de las estaciones: Perséfone baja y la tierra se seca, sube y vuelve el verde. Algunos estudiosos modernos propusieron un matiz interesante: en Grecia, el tiempo muerto para el grano no es el invierno sino el verano seco, cuando la semilla se guardaba en silos subterráneos hasta la siembra de otoño. La muchacha bajo tierra sería, entonces, el grano esperando.

Reina de las sombras

Es fácil quedarse con la Perséfone de la primavera, la hija que vuelve. Pero los griegos conocían también a la otra. En la Odisea, cuando Ulises convoca a los muertos, es Perséfone quien envía hacia él las sombras de las mujeres ilustres, y al final del episodio el héroe huye por miedo de que la reina le mande desde el Hades la cabeza de la Gorgona, la misma que protagoniza nuestra crónica de Medusa. Ahí no hay una víctima: hay una soberana.

Esa reina es la que escucha a quienes se atreven a bajar vivos. Ante ella canta Orfeo, y en la versión de Virgilio es Proserpina quien le impone la condición de no mirar atrás. Y es la que presidía, junto a su madre, los Misterios de Eleusis, el culto iniciático más famoso del mundo griego. Durante siglos, multitudes caminaron cada otoño desde Atenas hasta el santuario por la Vía Sacra para ver algo que tenían prohibido contar. El secreto se guardó tan bien que hoy no sabemos con precisión qué ocurría en la sala de iniciación. Sabemos, eso sí, qué prometía. El himno lo dice casi al cierre:

Dichoso aquel, entre los hombres que pisan la tierra, que vio estas cosas; pero el que no fue iniciado en los ritos, el que no tuvo parte en ellos, no tendrá igual destino cuando muera, bajo la penumbra húmeda.

Anónimo, Himno homérico a Deméter (versión nuestra)

Por eso el mito de Perséfone sigue funcionando como pocas historias antiguas. Es el duelo de una madre que se niega a aceptar lo inaceptable, y es también el relato de una muchacha que no vuelve igual: baja como Core y sube como reina de dos mundos. Si querés ver a Deméter en su lugar entre los dioses, buscala en Los Doce.

Fuentes antiguas

  1. Anónimo, Himno homérico a Deméter
  2. Hesíodo, Teogonía 912–914
  3. Homero, Odisea 11.225–227; 11.633–635
  4. Ovidio, Metamorfosis 5.385–571
  5. Apolodoro, Biblioteca 1.5.1–3
  6. Platón, Crátilo 404c–d

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