Crónicas del Olimpo

Monstruos

Medusa: el rostro que solo se mira en reflejo

La única Gorgona mortal

Estreno 6 min de lectura

Ilustración cinematográfica en luz de ocaso: Medusa, con cabellera de serpientes, aparece reflejada en el escudo de bronce que Perseo sostiene de espaldas entre las columnas de un templo griego.

Hay una sola manera de mirar a Medusa sin morir: en un reflejo. Perseo avanza de espaldas, con el escudo de bronce levantado como una pantalla, y ve en él, pequeña y temblorosa, la imagen de tres hermanas dormidas. Es casi una definición del cine: un rostro que no podemos mirar de frente y que, proyectado sobre una superficie, de pronto se vuelve soportable. Desde hace más de dos mil quinientos años, Medusa nos devuelve esa mirada desde escudos, monedas, frontones, lienzos y pantallas.

Tres hermanas en el confín de la noche

La primera ficha la escribe Hesíodo. En la Teogonía, las Gorgonas son hijas de dos antiguas divinidades marinas, Forcis y Ceto, y viven más allá del glorioso Océano, en el extremo del mundo, cerca de la Noche y de las Hespérides de voz clara. Son tres: Esteno, Euríale y Medusa. Las dos primeras son inmortales y no envejecen; Medusa, en cambio, puede morir. El poeta la presenta con un epíteto que suena a lamento.

Esteno, Euríale y Medusa, la que sufrió desgracias: ella era mortal; las otras dos, inmortales y sin vejez. Con ella sola se acostó el de cabellera oscura, en un prado blando, entre flores de primavera.

Hesíodo, Teogonía (versión nuestra)

El de cabellera oscura es Poseidón. Hesíodo no habla de violencia ni de templos: solo de un prado y de flores. Cuando Perseo le corta la cabeza, del cuello saltan los dos hijos de esa unión: Crisaor, “el de la espada de oro”, y el caballo alado Pegaso, cuyo nombre el poeta vincula con las fuentes, pēgaí, del Océano.

Lo que Hesíodo no describe es su aspecto. Los pintores de vasos arcaicos, en cambio, se lo imaginaron con entusiasmo: cara ancha y redonda, ojos saltones, lengua afuera, colmillos, serpientes en el pelo o en la cintura, a veces alas y hasta barba. Apolodoro, siglos después, recoge una descripción que suena a inventario de monstruo: cabezas rodeadas de escamas de dragón, grandes colmillos como de jabalí, manos de bronce y alas de oro con las que volaban.

El héroe que miraba de reojo

La hazaña de Perseo es, ante todo, un problema de producción: cómo filmar lo imposible. Apolodoro la cuenta con orden. El rey Polidectes de Sérifos quiere sacarse de encima al joven, hijo de Dánae y de Zeus, y lo compromete a traerle la cabeza de la Gorgona. Guiado por Hermes y Atenea, Perseo visita primero a las Grayas, hermanas de las Gorgonas que comparten un solo ojo y un solo diente. Se los quita y solo los devuelve cuando ellas le indican el camino hacia unas ninfas. Las ninfas le dan sandalias aladas, una bolsa llamada kíbisis y el casco de Hades, que vuelve invisible a quien lo lleva. Hermes le agrega una hoz de adamante, el metal más duro que imaginaban los griegos.

Encuentra a las Gorgonas dormidas. Atenea le guía la mano mientras él mira el reflejo en un escudo de bronce, y corta. Guarda la cabeza en la bolsa sin mirarla y escapa, invisible, de las hermanas, que se despiertan y lo persiguen por el aire. De regreso, la cabeza todavía funciona. Perseo mata al monstruo marino que amenaza a Andrómeda y, con el rostro de Medusa, petrifica a Fineo, que conspiraba contra él, y después a Polidectes y a su corte. En Ovidio, incluso el titán Atlas termina convertido en montaña. Al final, Perseo le entrega la cabeza a Atenea, que la coloca en el centro de su égida.

Ovidio suma imágenes de una belleza extraña. Mientras el héroe vuela sobre Libia, las gotas de sangre que caen se convierten en serpientes; de ahí, dice el poeta, que esa tierra esté llena de ellas. Y cuando Perseo apoya la cabeza sobre unas ramas y algas para lavarse las manos, las plantas se endurecen al contacto: así nace el coral. Otro vuelo famoso de la mitología, el de Ícaro, terminó mucho peor: Perseo tenía sandalias de dioses; Ícaro, plumas pegadas con cera.

Ovidio y la belleza castigada

La versión que hoy más circula no es la de Hesíodo, sino la de Ovidio, escrita a comienzos del siglo I d. C. En el libro cuarto de las Metamorfosis, Perseo cuenta durante un banquete que Medusa había sido bellísima, deseada por muchos pretendientes, y que lo más admirable de ella era su cabellera. Neptuno la violó en el templo de Minerva. La diosa se cubrió el rostro con la égida y, para que el hecho no quedara impune, transformó el pelo de Medusa en serpientes.

Es un castigo que cae sobre la víctima, y los lectores modernos lo notaron. Desde que Hélène Cixous publicó La risa de la Medusa en 1975, la Gorgona se volvió para muchas autoras una figura del silenciamiento: la mujer agredida que además queda convertida en monstruo. Esa lectura es legítima y potente, pero conviene recordar dos cosas. La primera, que es una elección de Ovidio, no la versión griega más antigua que conservamos. La segunda, que el propio Ovidio, siempre ambiguo, pone el relato en boca de un personaje y no lo comenta. Hubo además otras explicaciones: Apolodoro menciona que, según algunos, Atenea quiso su muerte porque Medusa se había atrevido a competir con ella en belleza.

Tampoco faltaron lecturas racionalistas. Pausanias recoge una tradición según la cual Medusa fue una reina de los pueblos que vivían junto al lago Tritónide, en Libia, muerta a manos de Perseo. Y cuenta que en el ágora de Argos había un montículo de tierra donde, según los argivos, estaba enterrada su cabeza.

Un rostro contra el mal

Hay una paradoja en todo esto: el rostro que mata también protege. La cabeza cortada, el gorgóneion, aparece ya en la Ilíada, en la égida de Atenea y en el escudo de Agamenón, como un emblema de espanto para el enemigo. Los griegos la pintaron en el fondo de las copas, la grabaron en monedas y la pusieron en los techos de los templos. En Corfú, el frontón del templo de Artemisa, de comienzos del siglo VI a. C., tiene en el centro una Gorgona enorme, en la pose arcaica de carrera con las rodillas dobladas, flanqueada por sus hijos Pegaso y Crisaor. Su función era mirar hacia afuera, hacia quien se acercaba, y espantar el mal.

Incluso su sangre era doble. Apolodoro cuenta que Atenea le dio a Asclepio sangre de las venas de la Gorgona: la del lado izquierdo servía para matar; la del derecho, para salvar, y con ella el médico llegó a resucitar muertos. Píndaro, en una oda para un flautista, imagina que Atenea inventó el aulós para imitar el lamento agudo de Euríale por su hermana. La música, como el coral y Pegaso, nace de esa cabeza.

Homero ya conocía ese poder. En la Odisea, Ulises abandona el mundo de los muertos a toda prisa por miedo a que Perséfone le envíe desde el Hades la cabeza de la Gorgona. Siglos más tarde, Benvenuto Cellini la levantó en bronce en la mano de su Perseo, en la Loggia dei Lanzi de Florencia, y Caravaggio la pintó sobre un escudo redondo, con la boca abierta en el último grito. El rostro que nadie podía mirar terminó siendo uno de los más mirados del arte occidental.

Fuentes antiguas

  1. Hesíodo, Teogonía 270–283
  2. Homero, Ilíada 5.738–742; 11.36–37
  3. Píndaro, Píticas 12
  4. Apolodoro, Biblioteca 2.4.1–3; 3.10.3
  5. Ovidio, Metamorfosis 4.604–803
  6. Pausanias, Descripción de Grecia 2.21.5

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