Héroes
Orfeo: la canción que casi venció a la muerte
Un cantor, un pacto y una mirada de más

La primera señal es el humo. Himeneo, el dios de las bodas, llega a la fiesta de Orfeo y Eurídice, pero su antorcha no prende: chisporrotea, larga un humo que hace llorar los ojos y no hay manera de avivarla. Ovidio abre así el libro décimo de las Metamorfosis, con un presagio que cualquier espectador entiende. Poco después, la recién casada pasea por un prado con las náyades, una serpiente la muerde en el tobillo y muere. Lo que sigue es una de las escenas más pintadas, cantadas y filmadas de la mitología: un hombre que baja al reino de los muertos con una lira como única arma.
Un cantor entre héroes
Orfeo es tracio, del norte agreste del mundo griego, e hijo de una musa: Calíope, según la mayoría de las fuentes, y del rey Eagro, aunque algunos lo hacían hijo de Apolo. Antes de la tragedia que lo volvió inolvidable, aparece en otra historia: es uno de los argonautas. Píndaro lo llama “padre de los cantos”, y Apolonio de Rodas lo pone primero en el catálogo de la tripulación de la nave Argo. Cuenta que con su canto hechizaba las rocas de los montes y el curso de los ríos, y que en la costa de Tracia todavía se veían robles alineados en fila: los que lo habían seguido desde Pieria, embrujados por la lira.
En esa expedición, su arte salva a todos. Cuando la nave pasa junto a la isla de las Sirenas, Orfeo toma la lira y toca una melodía rápida y vibrante que tapa la voz de las criaturas. Solo un argonauta, Butes, se tira al agua. El dato importa: antes de ser el amante desdichado, Orfeo es un héroe cuya fuerza es el sonido.
El concierto ante los reyes de la sombra
Con Eurídice muerta, Orfeo llora primero en la superficie. Después hace lo que nadie: baja. Ovidio lo hace entrar por el Ténaro, el cabo del extremo sur del Peloponeso donde los griegos ubicaban una de las puertas del Hades. Atraviesa la multitud de sombras y llega ante los soberanos del inframundo, Hades y Perséfone. Ahí canta. Les pide, con argumentos de abogado y voz de poeta, que le presten a Eurídice: tarde o temprano, dice, todos terminamos en ese reino, y ella también volverá.
El efecto es una secuencia de planos congelados. Tántalo deja de perseguir el agua que se le escapa; la rueda de Ixión se detiene; los buitres dejan de picotear el hígado de Ticio; las nietas de Belo apoyan sus cántaros, y Sísifo se sienta sobre su piedra. Por primera vez, dicen, las Euménides lloraron. Los reyes de la sombra no pueden negarse. Le devuelven a Eurídice con una sola condición: que no se dé vuelta a mirarla hasta haber salido de los valles del Averno. En Virgilio, que contó la historia antes que Ovidio, en el cuarto libro de las Geórgicas, es Proserpina, el nombre latino de Perséfone, quien impone esa ley.
Un giro de cabeza
Suben por un sendero empinado, oscuro, cargado de niebla. Falta poco. Y Orfeo se da vuelta. Los dos poetas romanos ofrecen motivos distintos, y esa diferencia es todo un tema. Para Virgilio es una locura repentina que se apodera del amante desprevenido, perdonable, dice, si los muertos supieran perdonar. Para Ovidio es amor y miedo: teme que ella se canse, quiere verla. Eurídice se desvanece con los brazos estirados, y no se queja, porque ¿de qué podría quejarse, sino de haber sido amada?
En Virgilio, en cambio, Eurídice sí habla, y sus palabras son de las más tristes de la poesía latina:
¿Qué locura, Orfeo, nos perdió a mí, desdichada, y a vos? Otra vez los hados crueles me llaman hacia atrás y el sueño me cierra los ojos. Adiós: me lleva la noche inmensa, y te tiendo, ya no tuya, estas manos sin fuerza.
Virgilio, Geórgicas (versión nuestra)
Los griegos no siempre contaron un final así, o al menos no siempre lo dieron por seguro. En Alcestis, de Eurípides, el rey Admeto desea tener la voz de Orfeo para hechizar a la hija de Deméter y a su esposo y rescatar a su mujer del Hades, como si esa hazaña hubiera sido posible. Platón, en el Banquete, hace que uno de los oradores, Fedro, sostenga una versión cruel: los dioses le mostraron a Orfeo apenas un fantasma de su esposa, porque, en lugar de animarse a morir por amor, había buscado entrar vivo en el Hades con recursos de músico.
Un relieve ateniense de fines del siglo V a. C., conocido por copias romanas como la del museo de Nápoles, muestra a Hermes tomando a Eurídice de la muñeca mientras ella y Orfeo se miran por última vez. Muchos estudiosos ven allí el momento de la separación, lo que sugiere que la versión trágica ya circulaba en Atenas. Pero el relato más antiguo que conservamos de la mirada fatal es, hasta donde sabemos, el de Virgilio.
La cabeza que sigue cantando
Orfeo intenta bajar otra vez, y el barquero de los muertos no lo deja pasar. Según Ovidio, pasa siete días sentado en la orilla, sin comer, alimentado solo por el dolor; según Virgilio, llora siete meses enteros junto al río Estrimón. Después se retira a los montes de Tracia y rechaza a las mujeres. El final es atroz: las mujeres de los cícones, en pleno rito de Baco, lo despedazan. Su cabeza y su lira caen al río Hebro y bajan flotando hacia el mar, y la lengua, ya sin vida, sigue diciendo el nombre de Eurídice.
Ovidio agrega un epílogo luminoso. La sombra de Orfeo baja al Hades, reconoce los lugares que ya había visto, encuentra a Eurídice en los campos de los piadosos y la abraza. Ahora caminan juntos, a veces uno adelante, a veces el otro, y él puede mirarla todo lo que quiera sin peligro.
El mito nunca dejó los escenarios. Es el tema de L’Orfeo de Monteverdi, estrenada en 1607 y considerada una de las primeras grandes óperas, y de Orfeo y Eurídice de Gluck. El cine lo adoptó como propio: Jean Cocteau lo filmó en Orphée (1950), con espejos que funcionan como puertas al inframundo, y Marcel Camus lo trasladó al carnaval de Río de Janeiro en Orfeu Negro (1959). Tal vez porque toda la historia gira alrededor de un gesto de cámara: alguien que vuelve la cabeza, y un plano que muestra lo que ya no está. Si te quedaste pensando en esa desmesura de querer más de lo permitido, la crónica de Ícaro cuenta otra versión del mismo vértigo.
Fuentes antiguas
- Virgilio, Geórgicas 4.453–527
- Ovidio, Metamorfosis 10.1–85; 11.1–66
- Píndaro, Píticas 4.176–177
- Apolonio de Rodas, Argonáuticas 1.23–34; 4.891–919
- Platón, Banquete 179d
- Eurípides, Alcestis 357–362

