Mortales
Ícaro: un vuelo entre el mar y el sol
El hijo del inventor que quiso subir

La luz entra baja, del lado del mar. En un taller de Creta, un hombre trabaja sobre una hilera de plumas ordenadas de la más chica a la más grande. A su lado, un chico juega: atrapa las plumas que levanta el viento, aprieta con el pulgar la cera amarilla para ablandarla, se ríe. No sabe, dice Ovidio, que está tocando su propia perdición. Pocas veces un poeta antiguo se detuvo tanto en el momento previo a una catástrofe, y por eso la historia de Ícaro funciona como una película: sabemos el final y aun así miramos cada plano.
Un inventor prisionero
El hombre es Dédalo, el artesano más famoso de la mitología griega, un ateniense exiliado en la corte del rey Minos. Para la reina Pasífae fabricó la vaca de madera con la que pudo unirse al toro del que nació el Minotauro; para el rey construyó el Laberinto donde encerraron al monstruo. Y, según Apolodoro, fue también quien le reveló a Ariadna cómo ayudar a Teseo a salir de allí con un ovillo de hilo. Minos, furioso, lo encerró en el Laberinto junto con su hijo.
Ese hijo es Ícaro, nacido, siempre según Apolodoro, de Náucrate, una esclava de Minos. Es un personaje casi sin palabras: en las fuentes antiguas no pronuncia una sola frase que valga la pena recordar. Su historia es la de un cuerpo, un impulso y una caída.
Ovidio, que contó el episodio dos veces, en el Arte de amar y en el libro octavo de las Metamorfosis, presenta la fuga como un problema de ingeniería. Minos controla la tierra y el mar; queda el cielo. Que le cierre todo lo demás, piensa Dédalo: el aire sigue abierto, iremos por ahí. Y se pone a trabajar en algo que nadie había hecho.
Plumas, hilo y cera
Las alas se arman como una flauta de Pan: plumas dispuestas de la más corta a la más larga, atadas con hilo en el medio y pegadas con cera en la base, y después curvadas apenas, como las de un ave verdadera. Dédalo prueba las suyas, se sostiene en el aire batiéndolas y luego le ajusta las otras a su hijo. Le da una instrucción que es a la vez técnica y moral:
Te lo advierto, Ícaro: volá por el camino del medio. Si bajás demasiado, las olas te van a cargar las plumas; si subís demasiado, el fuego te las va a quemar. Volá entre los dos.
Ovidio, Metamorfosis (versión nuestra)
Le pide además que no se guíe por las estrellas, ni por el Boyero, ni por la Osa, ni por la espada desenvainada de Orión, sino que lo siga a él. Mientras le habla, se le mojan las mejillas de viejo y le tiemblan las manos de padre. Lo besa, por última vez, aunque ninguno de los dos lo sabe, y se lanza al aire.
Entre el mar y el sol
Ovidio filma el vuelo desde abajo. Un pescador con su caña temblorosa, un pastor apoyado en el cayado, un labrador inclinado sobre el arado: los tres levantan la vista, ven pasar dos figuras por el aire y creen que son dioses. Es un contraplano perfecto, el mundo de la tierra mirando, asombrado, lo que no entiende. Padre e hijo dejan atrás, a la izquierda, Samos, la isla de Juno, y también Delos y Paros; a la derecha quedan Lebinto y Calimna, rica en miel.
Entonces el chico empieza a disfrutar. Se aparta de su guía, lo arrastra el deseo de cielo y sube. La cercanía del sol ablanda la cera perfumada que unía las plumas. Ícaro sacude los brazos desnudos, pero ya no tiene con qué apoyarse en el aire; grita el nombre de su padre, y el agua azul se lo traga. Desde entonces ese mar se llama Icario. Dédalo, que ya no es padre, como escribe Ovidio con una precisión cruel, lo llama: “¡Ícaro, Ícaro! ¿Dónde estás? ¿En qué lugar te busco?”. Ve las plumas sobre las olas, maldice su propio arte y entierra el cuerpo en la isla que desde entonces lleva el nombre del muchacho, Icaria.
Ovidio no corta la escena ahí. Mientras Dédalo cava la tumba, una perdiz parlanchina lo mira desde un zarzal y bate las alas de alegría.
Alas o velas: las otras versiones
No todos los antiguos creían en hombres voladores. Diodoro de Sicilia conoce el relato de las alas, pero también una fuga por mar en la que Ícaro, al desembarcar con apuro en una isla, cae al agua y se ahoga. Pausanias va más lejos y ofrece una versión racionalizada: Dédalo habría inventado las velas, que permitían a sus pequeñas embarcaciones dejar atrás las naves a remo de Minos, y eso fue lo que la leyenda llamó alas. Ícaro, mal timonel, volcó; las olas arrastraron su cuerpo hasta una isla todavía sin nombre, frente a Samos, y fue Heracles, que pasaba por allí, quien lo enterró.
Apolodoro, que sí acepta las alas, sigue a Dédalo después de la caída. El inventor llega a Camico, en Sicilia, a la corte del rey Cócalo. Minos lo persigue por todo el Mediterráneo con una trampa ingeniosa: lleva consigo un caracol marino y promete una gran recompensa a quien logre pasar un hilo por sus espirales, seguro de que solo Dédalo podrá resolver el acertijo. Dédalo lo resuelve, ata el hilo a una hormiga y la hace entrar por un agujero, y con eso se delata. Pero el que muere es Minos: las hijas de Cócalo lo matan en el baño.
Hay un parentesco evidente entre Dédalo y otro gran inventor del mito. Como Prometeo, es alguien cuya habilidad abre un camino que los dioses no habían previsto, y como él paga un precio desmesurado. Solo que Prometeo paga en su propio cuerpo, y Dédalo, en el de su hijo.
El cuadro que nadie mira
La versión más conmovedora quizá no sea la del vuelo sino la de Virgilio. En el libro sexto de la Eneida, Dédalo llega por fin a Cumas, en Italia, y le levanta un templo a Apolo. En sus puertas talla en oro toda la historia de Creta: el Minotauro, el Laberinto, el hilo. Dos veces intenta representar también la caída de Ícaro, y dos veces se le caen las manos de padre. El artista que todo lo podía no logra hacer esa imagen.
Muchos siglos después, otro cuadro dejó la caída casi fuera de campo. En Paisaje con la caída de Ícaro, que se conserva en los Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica, en Bruselas, atribuido a Pieter Bruegel el Viejo aunque muchos especialistas creen que es una copia antigua de un original perdido, están los tres testigos de Ovidio: el labrador, el pastor y el pescador. Pero ninguno mira hacia donde cae Ícaro. Apenas se ven sus piernas hundiéndose en un rincón del mar, mientras un barco sigue su rumbo. El poeta W. H. Auden escribió en 1938 un poema célebre sobre esa indiferencia.
Por eso Ícaro sigue con nosotros. No tanto por la moraleja del exceso, que cualquiera puede recitar de memoria, sino por la imagen de un chico que, durante unos minutos, estuvo más alto que nadie, y por la de un padre que, después, no supo cómo contarlo.
Fuentes antiguas
- Ovidio, Metamorfosis 8.183–259
- Ovidio, Arte de amar libro 2
- Apolodoro, Biblioteca (Epítome) 1.12–15
- Virgilio, Eneida 6.14–33
- Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica 4.77
- Pausanias, Descripción de Grecia 9.11.4–5

