Crónicas del Olimpo

Folclore

Los kalikántzaros: doce noches con el fuego encendido

Los duendes de chimenea del invierno griego

Estreno 6 min de lectura

Ilustración cinematográfica con luz cálida de atardecer invernal: pequeños kalikántzaros traviesos bajan por la chimenea de una casa de piedra en una aldea griega, mientras el hogar brilla adentro.

Es diciembre en un pueblo de montaña. El día dura poco y, cuando el sol se esconde detrás de las cumbres, la última luz tiñe de naranja las paredes de piedra. Adentro, la familia se junta alrededor del hogar. Alguien echa otro leño, porque esta noche el fuego no puede apagarse. Una abuela baja la voz y cuenta, como se lo contaron a ella, que en estas fechas vuelven los kalikántzaros: criaturas que viven bajo la tierra y que, durante las doce noches que van de Navidad a la Epifanía, suben a molestar a los hombres.

Esta crónica no habla de un mito antiguo sino de una creencia popular de la Grecia cristiana, registrada durante siglos en aldeas de tierra firme y de las islas. La contamos con el respeto que merece una tradición que muchas familias todavía recuerdan, a veces con una sonrisa y a veces con un poco de inquietud.

Doce noches con la puerta trabada

El tiempo de los kalikántzaros es el Dodekaímero, los doce días que van del 25 de diciembre al 6 de enero, fiesta de la Epifanía, que en Grecia se llama Theofánia o, en el habla popular, ta Fóta, “las Luces”. En el calendario de la aldea es un tiempo extraño, suspendido: las noches son las más largas del año, el trabajo del campo se detiene y, según una creencia muy extendida, las aguas todavía no están bendecidas. Es un hueco en el año, y por ese hueco se cuelan ellos.

Una de las explicaciones más difundidas, que se cuenta con variantes en distintas regiones, dice que los kalikántzaros pasan el año entero bajo la tierra serruchando el árbol enorme que la sostiene. Trabajan sin descanso y, cuando están a punto de cortar el último pedazo del tronco, llega la Navidad. Entonces dejan la tarea y salen a la superficie. Mientras están afuera, el árbol se regenera, y cuando vuelven, después de la Epifanía, lo encuentran entero otra vez. Su trabajo, como el de Sísifo, no termina nunca, y gracias a eso el mundo sigue en pie.

Otra creencia, que ya registraban los autores del siglo XVII, sostenía que los chicos nacidos durante esas doce noches corrían el riesgo de convertirse en kalikántzaros. Por eso, en algunas zonas, a los bebés que llegaban en esas fechas se los protegía con cuidados especiales hasta que pasaba la Epifanía.

Retrato de unos visitantes sin invitación

No hay un solo retrato del kalikántzaros. Las descripciones cambian de región en región y hasta de narrador en narrador. Se los imagina oscuros y peludos, con ojos rojos, orejas de animal, patas de cabra o de burro, uñas largas y lengua colgante; algunos son gigantes, otros tan pequeños que entran por cualquier hendija. A menudo hay uno rengo, que se queda atrás del grupo. Todos comparten una debilidad: no soportan la luz. Se mueven solo de noche y escapan al primer canto del gallo.

Sus travesuras fastidian más de lo que dañan. Entran por la chimenea, orinan sobre el fuego para apagarlo, revuelven la comida, agrian la leche, rompen la vajilla y asustan a los animales del corral. Se dice que les gusta saltar sobre la espalda de quien anda solo de noche y obligarlo a cargar con ellos o a bailar hasta el agotamiento. En muchos relatos parecen menos demonios que una banda de vecinos desordenados, ruidosos y algo tontos. Esa torpeza, como veremos, es la clave para defenderse.

Fuego, colador y agua bendita

La defensa más extendida es el fuego. Durante las doce noches se procuraba que el hogar no se apagara, y en algunas regiones se elegía para eso un tronco grueso y duro que debía durar todo el período. Al fuego se le echaban también cosas que chisporrotearan o largaran olor fuerte, como sal o zapatos viejos, porque se creía que el humo acre los mantenía lejos de la chimenea.

El recurso más famoso es el colador. La tradición dice que los kalikántzaros no saben contar más allá de dos, porque el tres es un número santo que no pueden pronunciar. Si encuentran un colador o una zaranda en el umbral, se ponen a contar los agujeros: “uno, dos…”, y como no pueden decir “tres”, vuelven a empezar. Así se les va la noche, hasta que canta el gallo y tienen que huir.

En otros pueblos se colgaba detrás de la puerta o dentro de la chimenea la quijada del cerdo carneado para las fiestas, se marcaban cruces en las puertas o se dejaban buñuelos sobre el techo para que los visitantes se entretuvieran comiendo y dejaran tranquila la casa. No todas estas costumbres se practicaban en todas partes: cada valle y cada isla tenía su propia combinación.

El final de la temporada llega con la Epifanía. Ese día se bendicen las aguas, y el cura recorre las casas rociándolas con agua bendita con una rama de albahaca. Para los kalikántzaros es la señal de la retirada. Varias coplas populares los muestran escapando apurados, quejándose del sacerdote que llega con su hisopo, y bajando otra vez a su árbol.

¿De dónde vienen?

Uno de los testimonios escritos más antiguos y citados es el de León Alacio, un erudito griego nacido en Quíos que hizo carrera en Roma, en la Biblioteca Vaticana. En un tratado latino sobre las creencias de los griegos de su tiempo, publicado en 1645, describió a estos seres y la idea de que los nacidos entre Navidad y la Epifanía podían convertirse en ellos. A comienzos del siglo XX, el gran folclorista griego Nikólaos Polítis reunió numerosas versiones de todo el país en sus Paradóseis, y mostró cuánto variaban de una región a otra.

El origen del nombre es discutido. Algunos lo derivaron de kalós kéntauros, “buen centauro”, una fórmula eufemística de las que se usan para no ofender a seres peligrosos; otros lo relacionan con el turco karakoncolos, nombre de un espíritu invernal parecido que también conocen los búlgaros. El británico John Cuthbert Lawson, que vivió en Grecia a fines del siglo XIX, defendió en un libro de 1910 que los kalikántzaros eran herederos de los centauros antiguos. Su tesis fue muy discutida después, y hoy pocos la aceptan tal cual.

No hay ningún texto antiguo que hable de kalikántzaros. Hay, en cambio, ecos. Los atenienses celebraban a fines del invierno las Antesterias, una fiesta de Dioniso durante la cual, según una interpretación muy antigua, las almas de los muertos andaban sueltas por la ciudad. Al terminar se las despedía con una fórmula que conservan los lexicógrafos bizantinos:

¡Afuera, almas, a la puerta! Ya no son las Antesterias.

Anónimo, proverbio recogido en la Suda (versión nuestra)

Los filólogos discuten si la palabra decía kêres, espíritus, o Kâres, carios, es decir, esclavos a los que se permitía participar de la fiesta. Pero la imagen de un tiempo breve en que lo invisible se mezcla con los vivos, y que termina con una expulsión ritual, se parece mucho a las doce noches de la aldea. Como en el mito de Perséfone, también aquí el ciclo del año se explica con seres que suben y bajan del mundo subterráneo, y como el rostro de Medusa en los frontones, el colador en el umbral es una forma de protección doméstica contra lo que viene de afuera.

Hoy los kalikántzaros aparecen en cuentos para chicos y en ilustraciones navideñas, más simpáticos que temibles. Pero en la memoria de muchas aldeas siguen siendo lo que eran: la explicación de por qué, en lo más oscuro del invierno, conviene mantener el fuego encendido y la familia cerca.

Fuentes antiguas

  1. León Alacio (Leo Allatius), De Graecorum hodie quorundam opinationibus Colonia, 1645
  2. Nikólaos G. Polítis, Paradóseis (Tradiciones del pueblo griego) Atenas, 1904
  3. John Cuthbert Lawson, Modern Greek Folklore and Ancient Greek Religion Cambridge, 1910
  4. Anónimo, Suda s. v. «Thýraze Kâres»

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